viernes, 22 de febrero de 2013

Ignoran ordenanza del Casco Histórico (VIII)




La Ordenanza, instrumento legal concebido especialmente conforme al estudio de revitalización integral del  Casco Urbano que aún guarda en muchos de sus inmuebles la memoria de lo que fue la ciudad de los siglos dieciocho y diecinueve, fue sancionada por el Consejo Municipal en junio de 1987, pero comerciantes, profesionales, buhoneros  y familia residentes de la zona parecen ignorarla.
La ignoran a pesar de que la misma fue durante meses discutida en sesiones abiertas de la Municipalidad, la ignoran a pesar de largos foros, informaciones de prensa, reuniones con la Cámara de Comercio, con los vecinos y otras instituciones que al final convinieron en la necesidad de conservar y respetar la composición, homogeneidad y armonía de los inmuebles, así como las características tipológicas tradicionales tanto arquitectónicas como urbanas del antiguo e histórico casco urbano Angostureño.     
Pero el problema no es sólo que comerciantes, profesionales y residentes la ignoren, que ignoren la existencia de esta Ordenanza especial del Casco Histórico y su obligación ciudadana de acatarla. El problema también es que no hay autoridad que ejerza el juramento de cumplir y hacer cumplir las Ordenanzas. Pareciera que la única Ordenanza que la autoridad hace cumplir es la del Impuesto y las otras implicadas en el orden presupuestario de los ingresos.
Si la Ordenanza se aplicara estrictamente y sin contemplaciones de ninguna índole, el Casco Histórico no estaría como está degradado y deteriorado.    Entre los males del centro histórico están las numerosas casas abandonadas, en escombros, en ruinas.  ¿Qué puede hacer una Ciudad con sus cosas vacías, casas en ruinas, en escombros? Si quienes administran la ciudad nada hacen, la ciudad, que es su gente como alguna vez escribió Mario Briceño Iragorri, no puede hacer nada, sino esperar la muerte. En todo caso, la Ciudad es un ser vivo que nace, crece, se desarrolla y puede morir tras decadencia y deterioro serio de su vida. La Capital de Guayana tiene más de 400 años, desde que don Antonio de Berrío la fundó con el nombre de Santo Tomás de la Guayana, por allá en las fronteras con el Delta. Nació y anduvo correteando entre el Caroní y el Delta hasta estabilizarse en la angostura del Orinoco. Ha crecido, estuvo una época floreciente. Juan  Vicente González la llamó “La Fenicia de Venezuela” Pero la salud de la ciudad se halla resentida y no cuenta con buenos médicos, aunque sí con  expertos sepultureros que son los dueños de las casas vacías en ruinas.
            Pero las ciudades en esa situación, aún alientan la esperanza de una voz como la bíblica que le diga “Levántate y anda”. Pero la ciudad nunca podrá levantarse sola. Necesita una mano. La mano firme de sus vecinos, en fin, de sus amigos. Mientras la ciudad la remiendan por un lado es atacada y herida por el otro, por el lado de sus casas abandonadas por quienes se fueron hace tiempo de la ciudad y la dejaron a la aventura del inquilino desarraigado.
            Ellos, podríamos decir, que son los sepultureros de la ciudad, virtualmente gente que todo lo puede, intocables, nadie se mete con ellos, nadie los expropia, nadie los cita, nadie les dice nada y los bolivarenses se preguntan ¿cuándo los concejales van a legislar, a producir otra ordenanza específica sobre las casas vacías, abandonadas y en ruinas. Una Ordenanza nada complaciente con los sepultureros, pero que dignifique a la ciudad y que coadyuve al llamado proceso de revitalización que iniciado hace más de tres decenios.
        

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